Tradicionalmente se considera la orientación norte como la más adecuada para dormir
y en este caso el conocimiento popular está en lo cierto. Si observamos
a los animales salvajes, la mayoría se orientan en esa dirección cuando
quieren descansar.
Los motivos están relacionados con la orientación magnética de la tierra y la polarización de nuestras células.
La
tierra es un enorme imán con dos polos, norte y sur, que generan un
campo magnético. De él se derivan las líneas de fuerza que salen del
polo sur (geográfico) y entran en el polo norte, cerrándose hacia el sur
por el interior de la tierra, formando así un lazo.
Nuestras
células están compuestas por electrones, con sus respectivas cargas
positiva y negativa. Al dormir alineados con el norte facilitamos el
descanso porque en esa dirección no interferimos con el flujo natural de
la tierra, que va en dirección sur-norte. Un buen descanso garantiza
una adecuada regeneración celular, salud y vitalidad.
Cuando hablamos de orientar la cama al norte significa que el cabezal de la cama está orientado a esa dirección, de manera que, al tumbarnos, la coronilla queda en dirección norte y los pies en el sur.
No
obstante, es tan importante dormir orientados al norte como dormir
“cómodos”, es decir, si tenemos que cambiar la ubicación de la cama y
posicionarla en un lugar que nos resulta incómodo porque desordena la
estructura natural de la habitación, probablemente esta molestia tampoco
nos deje descansar bien. Por lo tanto, habrá gente para la que lo
primordial sea dormir orientada hacia el norte y en cambio otras
personas darán más importancia al efecto visual y práctico de la
disposición del mobiliario (no estar de espaldas a la puerta o la
ventana, dejar un espacio amplio para la apertura de los armarios…).
Cada uno ha de decidir qué es lo importante para sí mismo conociendo los
pros y contras de las dos alternativas. No obstante, hay unos consejos
generales válidos para todo el mundo que a buen seguro permiten dormir
mejor.
El dormitorio ideal es el más simple, ya que su función es permitir
el descanso. Debe ser un lugar tranquilo y quieto, donde se minimicen
los estímulos. Por lo tanto, es preferible que la zona de estudio
o trabajo no esté en el dormitorio. En el caso que lo esté y sea
inviable encontrar otro lugar, debería ventilarse bien al cambiar de
actividad –cuando dejamos de trabajar y vamos a dormir– para que el
lugar no se note pesado y nuestro cuerpo entienda que pasamos de una
actividad intelectual activa a una fase de reposo.
Limitar la
contaminación eléctrica: no debería haber ningún aparato eléctrico
enchufado aunque esté apagado (despertadores eléctricos, lámparas con
transformadores, ordenadores, incluso televisores…). Como la radiación
aumenta con la distancia, el peor lugar para tenerlos es en la mesilla
de noche. Mención aparte merecen los routers wifi, teléfonos móviles e
inalámbricos, que no solo deberían estar situados fuera de la
habitación, sino que, además, se deberían desconectar ya que su campo de
radiación es muy amplio.
Para garantizar un buen descanso es
básico que haya oscuridad para que el cuerpo pueda segregar melatonina,
la hormona reguladora del sueño. Su producción es inhibida por la luz y
estimulada por la oscuridad, por lo tanto está directamente relacionada
con la cantidad de luz que recibe la retina. Es importante cerrar bien
las persianas y acostumbrarse a dormir sin luz. También será positivo
acostumbrar a los niños a dormir a oscuras.
Deben limitarse los
ruidos. En general, deberíamos volvernos más silenciosos, considerando
las necesidades de descanso propias y de nuestros vecinos. También
pueden adaptarse medidas constructivas, como la revisión de la
estanqueidad de las ventanas y balcones, la construcción de dobles
paredes o el uso combinado de materiales aislantes y absorbentes.
Por
definición, el período de descanso debe ir acompañado de ausencia de
estímulos externos y, a ser posible, orientación norte.
¿Tienes la cama situada hacia el norte? ¿Por qué?

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